El primer problema fue tener que sonreír, luego tocaba saludar y por último dijeron que interactuara. ¿Quién creían ellos que yo era?
Los días se transcurrían uno tras otro, la pereza de estar se hacía mayor y cada despertar se hacía algo inadmisible. Sólo se repetía una y otra vez la necesidad de huir: las ganas de correr lejos.
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Siempre he creído que el espacio en el que se vive o el que se recorre es el que deja huella. Es el espacio el que nos forja.
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Pero ¿qué tenían ellos en la cabeza? Era imposible cumplir con sus expectativas. ¿De verdad creían que podría convertirme en lo que ellos querían?.
Lo ignoraba pero de cierta forma era necesario. Después de todo nada se pierde al intentarlo.
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Recorrer siempre las mismas calles, ir a los mismos lugares e, incluso, cruzarse con los mismos desconocidos, es sinónimo de rutina. Algo no anda bien.
Tan grande el mundo y tan pequeño nuestro espacio.
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Y así fue, simular se convirtió en cotidianidad. Eventualmente vuelven las ganas de dejar de sonreír, de llegar y no saludar, de callar.
Ya no es posible.
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Recuerdos de lugares conocidos y soñados acuden todo el tiempo. El deseo de correr vuelve.
La soledad se pierde... y en últimas, eso está bien.